La inscripción y el proceso de ingreso
By Pablo Andrés on Jun 13, 2010 with Comentarios 0
La hora del viaje llegó y Bogotá me recibió con un clima delicioso que pude disfrutar por unos 2 meses antes de que regresara a su estado normal lluvioso y frío. Mi buen amigo Beto, otro soñador que como yo logró conquistar los cielos y ahora vuela como Primer Oficial de A-320 en Avianca, me recogió en el aeropuerto y me trajo hasta el sector del norte de la ciudad donde residiría en adelante. Esa noche fuimos a comer con Caro y una amiga de Beto a un restaurante argentino por acá cerca y disfrutamos de una buena charla y de buena compañía.
Para ese entonces yo todavía era un prospecto de estudiante de aviación y mi sueño seguía siendo eso, un sueño (aunque presiento que nunca lo dejará de ser… por más que se esté cumpliendo, siempre lo viviré como un sueño. Todos y cada uno de los días…). Lo que vino luego fue el proceso de organizarme en el nuevo apartamento, ultimar algunos detalles de una sociedad profesional que inicié con Beto (y que se terminó de definir acá en Bogotá) y prepararme para el inicio del curso.
Llevé los papeles personalmente al Aeroclub; cosas como diploma y acta de grado debidamente autenticados, formulario de inscripción, fotos, fotocopia de libreta militar, entre otras cosas.
El paso siguiente fue la presentación de unas pruebas psicotécnicas, bastante extensas por cierto, que duraron casi todo un día (laboral). Test de personalidad, test de léxico, pruebas de razonamiento abstracto y espacial, aptitud matemática, aptitud mecánica, prueba de concentración, prueba de memoria (te iban dando secuencias de números cada vez más largas que uno debía repetir hasta donde se acordara), una prueba que no recuerdo el nombre pero te iban mostrando unas fichas con figuras en las que faltaba algo, las primeras muy evidentes las últimas no tanto, y uno debía decir qué era lo que faltaba; entre otras pruebas que quizás no recuerdo. Las pruebas las presentamos unas 14 personas.
El siguiente paso fue asistir a una entrevista con la psicóloga, en donde te daban los resultados de las pruebas anteriores y te preguntaban básicamente cosas sobre tu familia, tu vida, tu personalidad, por qué habías escogido estudiar aviación, por qué en el Aeroclub, etc, etc, etc. Los resultados de mis pruebas me dejaron muy satisfecho. No recuerdo los puntajes exactos pero todas las pruebas estuvieron encima de 90 y la mayoría encima de 95. Felicitación y toda la vaina; las cosas empezaban bien para mi curso de aviación
En ese momento prácticamente te confirmaban que habías sido aceptado en la escuela y seguían las vueltas de exámenes médicos y certificado de carencia de informes por tráfico de estupefacientes (ustedes sabrán que vivimos en el país del sagrado corazón así que ya se imaginarán la importancia de obtener ese certificado para cualquier personaje relacionado con la aviación…). Dicho certificado se obtenía tan fácilmente como ir y pagar con un formato especial en el Banco Popular y luego llevar el comprobante de consignación y una fotocopia de la cédula a una oficina de la Dirección Nacional de Estupefacientes. Acto seguido separamos la cita para los exámenes médicos para un lunes a las 7:30 de la mañana y lo siguiente fue esperar.
La verdad los exámenes médicos me tenían un poco estresado. Hace unos años, cuando me presenté a la Fuerza Aérea, mi condición física (en cuanto a aptitud física, porque la verdad es que nunca he sido un tipo de ejercicio/deporte así que mi estado físico no es que fuera el mejor) era de primera y no tuve inconveniente alguno para pasar los exigentes exámenes de ingreso, sin embargo eso había sido hace más de 7 años y las cosas, sobre todo la condición física, cambian. Una vaina es uno a los 17 – 18 años y otra muy diferente a los “ticinco” jejejeje (claro, uno se va volviendo viejo y le aparecen achaques).
Durante el año que estuve en P&G me hice 2 veces el perfil lipídico y ambas me salió bastante alterado. Triglicéridos y colesterol en las nubes (para mi edad) y colesterol bueno más bajo de lo que debía estar. Con esa tomadera de gaseosa (la dejé de tomar desde que me enteré en Discovery Channel de que una lata de gaseosa equivale a 20 cucharadas de azúcar cuando se procesa), comedera de dulce, harinas y grasa, pues no podía esperar menos. Eso ponía un poco de presión a la hora de la revisión médica. De cualquier manera, los últimos meses había estado muy juicioso con la alimentación y, aunque no había hecho mucho ejercicio, apenas llegué a Bogotá me inscribí en el gimnasio y estaba yendo (en ese entonces) muy juiciosamente a hacer por lo menos 40 minutos diarios de cardio. Además, el dejar de tomar gaseosa, controlar el dulce, las harinas, los fritos y la dieta en general, me habían ayudado a bajar de peso considerablemente, unos 7 kilos más o menos.
Para presentar los exámenes médicos nos pidieron ir en ropa deportiva/cómoda y en ayunas. Lo primero que nos hacían era sacarnos sangre, para los análisis respectivos, cosa que pudiéramos irnos a desayunar para presentar el resto (tocaba desayunar bien para no desmayarse en la prueba de esfuerzo. —”Casos se han visto”—). Se me ocurrió preguntarle a la asistente qué tan determinantes eran esos exámenes de sangre para la otorgación del certificado médico, a lo que ella respondió que “bastante” y que “la doctora era bien jodida con esas cosas”. Lo que evidentemente me puso un poco más tenso. Luego me di cuenta de que la vaina tampoco es tan grave: lo peor que puede pasar es que te pongan a dieta o algo así, pero no es que a uno no le den el certificado médico por tener los triglicéridos altos. Eso sí, la vaina depende estrictamente de la doctora, de la condición del “paciente” en cuestión y de algunas otras cosas.
Por ser la primera vez que se expedía el certificado médico el tema era un poco más exigente, así que igual uno no podía darse el lujo de estar muy mal. Más fue el estrés y la pensadera, y al medio día me enteré de que estaba todo en orden: triglicéridos, colesterol y todo lo malo muy por dejabo de los límites y todo lo bueno por encima de donde debería estar. La verdad es que descansé cuando supe que estaba en buena condición.
El resto de exámenes incluyeron lo típico: audiometría, optometría y oftalmología (todavía tengo visión 20/20 sin correción, ¡yeah!), electroencefalograma, prueba de esfuerzo con electrocardiograma incluido, valoración por psiquiatría, prueba de orina (drogas y demás), exámen médico general (peso, índice de masa muscular, estatura, etc.), valoración por neurología y radiografía de tórax. Por ser la primera expedición del certificado la cosa es así de intensa, se supone que para las renovaciones es mucho más suave y creo que solo hacen audio, ojos, sangre, orina y exámen médico general. Si no estoy mal.
Lo chévere del cuento es que uno va a un solo edificio, se hace las pruebas (eso sí lo mandan de piso en piso, consultorio en consultorio) y el mismo día le dicen si es apto o no. Obviamente está la opción de hacerse los exámenes en donde uno quiera y luego presentar todos los resultados a un médico autorizado por Aerocivil para que expida el certificado, pero para mí era más práctico pagar una cifra total y hacérmelos en un mismo lado, como hicimos todos los que estábamos en el proceso de ingreso. Me tocó esperar como hasta el miércoles de esa semana para hacerme el electroencefalograma porque el equipo se había dañado, pero finalmente se cumplió con el requisito y al día siguiente tuve el “sí” definitivo (el doctor que revisaba los resultados del examen no estuvo el miércoles entonces tocó esperar hasta el día siguiente. Sin embargo la asistente que me realizó la prueba me dijo que relax, que todo estaba bien, así que yo pude asumir que tenía la aptitud física necesaria). Punto a favor, porque esa paridera en espera de resultados sí que es incómoda; díganmelo a mí que me tocó la de semanas o meses esperando respuesta de los resultados de cada fase en el proceso de ingreso a la FAC.
Teniendo ya el certificado médico, lo que seguía era llevar la fotocopia a la escuela y formalizar los trámites de la inscripción. El curso empezaba el martes siguiente, porque el lunes era festivo
Glorioso día ese, un 23 de marzo de 2010. Las vueltas de oficialización de matrícula y demás me tocó hacerlas con un toque de afán porque, por iniciativa de un miembro de Aviacol, nos dio el arranque (¿se acuerdan de lo de “soy un tipo de arranques”?) de hacernos un viaje spottero a Quito durante ese fin de semana festivo del 19 al 22 de marzo (una semana antes de que iniciara Semana Santa y apenas unos días antes de iniciar mi curso).
La motivación del viaje era principalmente el hecho de que el Mariscal Sucre va a ser cerrado cuando terminen la construcción del nuevo aeropuerto de Quito, ubicado lejos de la ciudad y con mejores instalaciones. Siendo el antiguo aeropuerto una joya para las aproximaciones y operaciones interesantes de aeronaves interesantes (valga la redundancia), decidimos hacer el viaje y gozarnos de esos días en el vecino país. Los viajeros fuimos 4: Andrés Restrepo (autor intelectual), Andrés Ramírez (socio de Aviacol.net), Javier Franco “Topper” (no necesita presentación) y yo. Las semanas previas al viaje incluyeron también la sacada del pasado judicial debidamente apostillado para poder entrar a Ecuador y la vacuna contra la fiebre amarilla (aunque nunca pidieron el berraco certificado internacional ese…). Fueron semanas de “corre corre” por lado y lado…
En resumidas cuentas, viajé por Avianca el jueves 18 y esa madrugada (del 19) se unieron Topper (Vía Aero República desde Bogotá) y Andrés Ramírez (vía Taca de Medellín a Lima y de Lima a Quito). El viernes hicimos un poco de spotting desde el hotel. Una de las cosas interesantes del viaje es que nos quedamos en un hotel (Savoy Inn) que es famoso mundialmente en el círculo de los spotters porque es una excelente locación para capturar a los aviones en final corta para la pista 35 (Si uno se queda en el cuarto/quinto piso, el avión pasa justo en frente y a una distancia bastante prudente para lograr muy buenas tomas). Luego nos fuimos a comprar los tiquetes para el viaje de “pérdida de virginidad” en 737-200 (inicialmente habíamos planeado hacerlo en Ícaro pero terminamos comprándolo en Aerogal), nos fuimos para Guayaquil, turisteamos un rato, comimos delicioso (yo me empaqué un ceviche de langostinos que estaba tan bueno que tuve que pedir otro, jejejeje) y nos devolvimos en la noche para encontrarnos con Andrés Restrepo en el aeropuerto de Quito y completar el combo. El resto del viaje fue todo emoción, sorpresas y disfrute.
El sábado full jornada de spotting con los hermanos Rota (consagrados y súper reconocidos spotters ecuatorianos), quienes nos llevaron a la base de la Fuerza Aérea Ecuatoriana en el aeropuerto. Fue una locura: estuvimos a unos 100m de los aviones, con la pista al frente, sin nadie que molestara, sin presiones, sin rejas, sin obstáculos. El paraíso para un spotter. Hasta tuvimos la oportunidad de ver de cerca al presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien llegó en la tarde en un helicóptero. Obviamente debimos guardar cámaras y equipos y retirarnos de la base aérea para evitarnos problemas, pues la seguridad se puso de punta. Yo no me imagino la escena en la televisión ecuatoriana y venezolana: “espías colombianos son detenidos haciendo inteligencia en importante base de la Fuerza Aérea Ecuatoriana…” jajajajaja. Claro, 4 colombianos con cámaras potentes en una base de esas… tomando fotos. Mejor dicho caldo de cultivo para los medios y hasta para uno que otro “falso positivo”. Eso sin contar con que Topper llevaba gorra de la Fuerza Aérea Colombiana, Andrés Ramírez y yo fuimos cadetes activos de la FAC y Andrés Restrepo ha tenido trabajos con el gobierno.
En la noche del sábado hubo subida a torre de control y fotografía nocturna, el domingo spotting desde otro punto igual de bueno que los anteriores y por la noche visita a un centro comercial, comida y listo. Terminada la jornada. Topper y yo nos devolvimos en la madrugada del lunes festivo y los “Andreses” se quedaron hasta el lunes al medio día. Un viaje increíble, que superó ampliamente las expectativas y que estuvo lleno de momentos inesperados e inolvidables gracias a los hermanos Rota. Pueden ver los pormenores del viaje y las fotografías obtenidas acá: Primer Viaje Spottero Aviacol.net. En fin, fue el viaje perfecto de relax, de cierre de una etapa y de inicio de una nueva: el comienzo tan anhelado de mi curso de piloto comercial.
De vuelta en Bogotá (ya tranquilo, relajado y oficialmente inscrito en la escuela) ese lunes festivo fue un día de descanso, de alistar uniformes y lo necesario para el curso, comprar algunas cosas que hacían falta para el tema académico y quedar listo para iniciar.
Hasta este punto yo todavía no había aterrizado el hecho de que luego de tantos años de soñarlo por fin me estaba convirtiendo en estudiante de aviación. Quizás lo había esperado por mucho tiempo y la preparación psicológica y espiritual había rendido sus frutos (por eso la tranquilidad), quizás estaba en shock, quizás no lo iba a sentir hasta que realizara mi primer vuelo. No sé. Lo que sí sé es que así llegó por fin el día de iniciar mi carrera como aviador y convertirme oficialmente en un “Alumno Piloto de Avión”, de acuerdo a lo que dice mi licencia, un martes de marzo muy temprano, con clima soleado (no estoy hablando m…. es en serio que fue un día brillante) y que pasará a la historia, como muchos otros días de aquí en adelante, en el libro de mi vida.
En el siguiente post publicaré algunos detalles del curso de tierra, y quedaremos listos para lo que viene, que es lo mejor: ¡la narración del inicio de la fase de vuelo!
¡Volar es pasión!
Guardado en: Pre Curso
Sobre el autor: Amante y apasionado de la aviación desde que tiene uso de razón, Ingeniero de Sistemas sin grado, Aviador de corazón, Alumno Piloto Comercial, Entrepreneur, Geek, amante del Internet, la fotografía, los viajes y el buen vivir.

