Aquí empieza mi sueño de volar

De pequeños todos soñamos con “ser algo” cuando grandes. Desde bomberos y policías, hasta ingenieros o médicos. La verdad es que yo siempre soñé con ser piloto. Nunca me puse con pendejadas de súper héroes ni cambié de opinión dependiendo del estado de ánimo general de la etapa de la vida. Desde que empecé a hacer uso de la conciencia, desde que tengo uso de razón, desde que jugaba al lobo del aire en un tronco viejo al que le echábamos arena por combustible en el Bamby del Norte -mi primer jardín infantil-, desde ahí, y sin vacilación, quise ser aviador.

En la familia no hay aviadores; ni tíos, ni primos, ni familares lejanos. Ni siquiera alguno que medianamente tenga algo que ver con aviación. No sé de dónde me vino esa pasión, pero le agradezco enormemente a la vida por haber incluido el “gen del amante de la aviación” en mi ADN. Mis padres me cuentan que muy pequeño tuve la oportunidad de viajar en avión, algo así como a los tres meses; quizás eso motivó la inclinación. Sea como sea, que haya venido con el chip ya instalado de fábrica o que ese viaje me haya hecho cruzar algunos cables, desde ese momento mi vida ha girado en torno a una sola cosa: los aviones.

Dibujitos, juguetes y aviones de papel de pequeño; modelismo estático, libros, computadores, Internet y simuladores de vuelo en la pubertad; redes de vuelo virtual y aeromodelismo R.C. en la adolescencia; y la decisión de dedicarme a la aviación “for a living” al salir del colegio.  Las personas que me conocen recordarán que cada capítulo de mi vida ha estado marcado, de alguna manera, por la aviación.

Con la decisión de dedicarme al vuelo vinieron las preguntas del millón: “¿dónde y con qué plata?”. La carrera de aviación en Colombia es costosa. No, qué digo costosa, es inmundamente costosa. Por lo menos lo ha sido desde que tengo memoria, aunque amigos me cuentan que hace 50 años, cuando sus papás tenían que pedir préstamos al Banco Agrario para poder volar, era exactamente igual. Soy el mayor de tres hermanos, nos llevamos aproximadamente 3 años cada uno, así que dejarlos sin estudio por endeudar la familia para cumplir mi sueño no era una opción. Al menos yo no lo vi así, ni mis papás tampoco, en ese momento.

Luego de un intercambio de seis meses en Estados Unidos, y de tiempo para organizar ideas, madurar y pasar una de las mejores etapas de mi vida, regreso a Colombia ahora sí a afrontar la difícil decisión: estudiar o no estudiar aviación. Para mí no había otra opción; siempre odié (odio) las universidades, y su tipo de enseñanza me parecía (parece) arcáico, desmotivador, injusto y hasta un tanto intolerable (para mí), así que no había elección: “aviación o aviación”. Sin embargo, no era tan fácil como solicitarlo y obtenerlo, entonces tuve que ponerme a echar cabeza y averiguación por un buen tiempo. Casi al borde del colapso y el desespero, por no encontrar solución, una de esas noches en las que uno no da más y está a punto de reventar en llanto (sí, los manes también lloramos), se me vino a la cabeza la más sabia de las ideas: Fuerza Aérea Colombiana.

Siempre había tenido un gusto oculto por la vida militar y la milicia,  por las cosas bien hechas, así que decidí intentarlo. ¿Por qué no? Tenía sus ventajas: se pagaba como una universidad, por semestres, no era extremadamente costosa, podía estudiar una carrera anexa y graduarme como Oficial de la Fuerza Aérea e Ingeniero Informático, y, para completar, ¡podía cumplir el sueño de volar, prácticamente gratis! (La FAC se encargaría de pagar por mi entrenamiento de vuelo, una vez terminara el curso de oficial). Bueno, no gratis porque a cambio ofrecía mi vida, y el dinero de la carrera, pero en términos prácticos eran unas alas de piloto (militar) “gratis”.

Nota: Para los que están pensando que me incorporaba a la FAC solo para obtener las alas y luego retirarme a volar comercial, se equivocan. Mi vocación era verdaderamente una vocación militar, y mi plan era continuar con esa carrera de oficial y volar misiones de combate real.

Acto seguido (esto fue inmediatamente la mañana siguiente), consultar con mi papá (el tipo de las decisiones monetarias en la casa). Su apoyo fue total, así que a tan solo unos 10-15 días de cerrarse convocatorias para ese año (2002 para incorporarse en 2003), recolecté papeles y me inscribí para hacer parte del curso No. 79 de oficiales de la Fuerza Aérea Colombiana. Lo que se vino fue el proceso más largo y tortuoso (no por lo difícil sino por lo impredecible) en el que he estado en mi vida. -Imagino que el segundo, o el que entrará a reemplazar ese primero, será el de Avianca, cuando me presente el próximo año si todo sale bien-. En el proceso de la FAC se padece, resumiendo, examen intelectual, exámenes médicos y psicotécnicos, prueba física, prueba psicológica, visita domiciliaria, estudio de seguridad e inteligencia, junta de selección, incertidumbre aquí, incertidumbre allá. Los 6 meses más eternos de mi vida.

Entrega Fusil Curso No. 79 Fuerza Aérea Colombiana

Entrega Fusil Curso No. 79 Fuerza Aérea Colombiana

Para no alargar la vaina, y debido a que son tantas cosas las que puedo narrar de esa parte de mi vida que tendría que escribir otro blog (quizás algún día me anime y les cuente aquí algunas anécdotas de mi vida como cadete), el caso es que pasé sin inconveniente, con puntajes muy por encima del promedio y entre los primeros lugares de mi curso (de eso me enteré luego ya en la Escuela por algunos oficiales que me filtraron la información). En diciembre llegó una carta de esas que lo llena a uno, y a la familia, de orgullo avisando que había sido aceptado en el Curso No. 79 de Oficiales de la Gloriosísima Fuerza Aérea Colombiana y bla, bla, bla… con una lista de cosas que debía llevar muy juiciosamente el día de enero de 2003 que me debía incorporar, entre las que se encontraban desde ganchos nodriza y balletillas, hasta linternas y pastillas para purificación de agua. Si mal no recuerdo fue como un 6 u 8 de ese mes.

Cadetes Fuerza Aérea Colombiana Virtual 2003

Cadetes Fuerza Aérea Colombiana Virtual 2003 (Primero de la izquierda)

Mi paso por la FAC fue “corto”, pero no en vano. Siempre me gustó la vida militar, la milicia, la mística. Claro, siendo un tipo psicorrígido y duro (aunque putamente noble y sensible), me quedaba muy fácil adaptarme a esa vida militar (debo aceptar que la vida me ha moldeado  y ahora soy un tanto menos psicorrígido -¿o mucho menos?- y mucho, pero mucho menos duro). El primer semestre logré alcanzar el 4to puesto en mi curso; para el segundo semestre ya iba en el  puesto número tres.

Fiesta FAC 2003

Fiesta FAC 2003 (Primero de la izquierda, con Caro)

A finales de 2003 empezaron los problemas (de “salud”). Nunca se supo qué era (ni siquiera con junta médica de 10 especialistas en Valle del Lilí), pero sufría de un dolor intenso en los músculos gemelos (en la parte que se une el músculo al hueso) lo que me impedía la actividad física. Para cuando salimos a vacaciones en diciembre, el dolor era insoportable. En resumidas cuentas, y luego de haber pasado por incontables chequeos y citas que nunca arrojaron un dictamen certero, una semana antes de incorporarme para el segundo año un médico amigo de la familia me dijo, palabras literales, “o se queda quieto o puede perder el músculo”. Claro, ante tal derroche de sinceridad y exageración (me he ido dando cuenta de que los médicos pueden llegar a ser un tanto exagerados – ese es su principal problema: o son extremadamente exagerados, o son tan relajados que abusan…-) yo decidí que no era sano seguir y exponerme a alguna lesión mayor.

Fue una decisión difícil, pero hoy día no me arrepiento de haberla tomado. Con mi retiro se desvaneció el sueño de volar, así como la oportunidad de haber viajado a Estados Unidos a terminar la carrera militar en la USAFA (United States Air Force Academy) gracias a un convenio para los cadetes de la FAC, al cual yo me había hecho acreedor. Me gané esa “beca” por haber ingresado con un porcentaje de 100% en los exámenes de inglés (sí señores, eran 100 preguntas y obtuve 100 correctas -tenía el intercambio y los 9 meses que fui profresor de inglés fresquitos-) y por el alto rendimiento académico y militar (aunque me iba mejor en académicas que en militares). Nada qué hacer, no podía arriesgar la oportunidad de convertirme en piloto en el futuro (ya no en la milicia sino en la vida civil), así que junta médica y me dan la baja por sanidad (pilas que se dice “dar la baja”, no “dan de baja”. Una cosa es una cosa, otra cosa es otra cosa). Eso fue en febrero-marzo de 2004.

Una experiencia bonita, chévere, de maduración, dura, para recordar el resto de la vida, la machera, esto y lo otro y todo lo que quiera pero… ¡¡¡¿¿¿Y AHORA QUÉ!!!??? ¡Yo qué me pongo a hacer! ¡Odio la universidad, no hay plata para aviación comercial!  Pues tenga mijo, chupe y lleve pa la casa y entonces la vida me aplicó la de “nunca digas nunca”, “no digas de esta agua no beberé”.

Empecé a estudiar Ingeniería de Sistemas y Computación en Agosto de 2004, en la Pontificia Universidad Javeriana Cali. Ya se imaginarán ustedes, queridos lectores, la estrellada y cuasi descalabrada tan jijuemadre que me meto yo luego de pasar de una institución castrense (la más pulida y mística de las fuerzas armadas -al menos eso dicen, pero yo considero que sí es así-) a una institución… hmmmm… bueno, ustedes me entenderán, una institución como la Javeriana (de la que no me quejo porque recibí excelente enseñanza en comparación, pero…) llena de desubicados, vagos, mediocres y hasta más (¿ya les dije que era duro y psicorrígido? Ah, y muy pragmático también). Peeero, eso sería asunto de otro blog, u otra historia, así que pasemos esos 5 años biennnnn rápido. De cualquier manera, también fue una experiencia extremadamente enriquecedora y, de nuevo, no me arrepiento. Al fin y al cabo, todas esas etapas son solo escalones de una larga fila de pasos que nos esperan en el camino a conseguir los sueños, ¿no? Bueno, sin filosofar…

La universidad transcurrió como yo me suponía que iba a transcurrir. Excelentes resultados y un poco de frustración de cuando en vez por mi retiro de la FAC. Sobre todo los primeros semestres. Hubo algunos meses en los que realmente fue bien tenaz el sentimiento de frustración. Digamos que primer semestre transcurrió sin mayor novedad respecto del tema porque fue un cambio de ambiente total, cosas nuevas, gente nueva, experiencia nueva y eso ayudó a mitigar los recuerdos. No pasó lo mismo en los semestres subsecuentes. Incluso llegué a tener épocas con sueños repetitivos en los que imaginaba mi regreso a la FAC y una cantidad de cosas que no vienen al caso, pero que me atormentaban “como un berraco”. El cuento es que incluso me llegué a motivar con la idea de reincorporarme y hasta se lo comuniqué a mis padres. Obviamente casi me matan…

El reintegro no se dio, porque la vida te va dando las señales y si uno sabe interpretarlas te va trazando también el camino (de acuerdo a lo que tú le pidas). Logré sobreponerme al fracaso, ocupar mi mente y energías en otros temas y definitivamente dejé ir la idea del regreso a la vida militar. Eso sí, ¡podría haber renunciado a todo menos al sueño de volar!

Durante la universidad hubo algo de simulación de vuelo, no mucho la verdad porque las obligaciones eran variadas, no solo en el estudio sino en otros proyectos que emprendí, entre los cuales se encontraba (encuentra) Aviacol.net, sitio del cual soy co-fundador. Aviacol.net es otra historia aparte, de la que tampoco hablaré mucho por estos lares, pero es también una de las historias más enriquecedoras y bonitas de mi vida. Hubo también un poco de aviación por aquí y por allá, sobre todo en spotting, visitas al Aeroclub del Pacífico y uno que otro vuelo por ahí con los socios; sin embargo, fue un periodo en el que más bien estuve un poco en stand by en cuanto al tema.

La universidad terminó sin contratiempos, con práctica laboral y los dos últimos semestres en Bogotá, y con un proyecto de grado que todavía tengo por terminar. El año larguito que estuve en Bogotá, junto con los últimos meses en Cali, fueron especialmente enriquecedores y dinámicos. Pasó de todo y mi vida, junto con mi manera de verla, entenderla y abordarla, dio un giro esencial que me llevaría luego a adoptar otras actitudes que me encausaron por un camino totalmente diferente, emocionante y riesgoso.

Y ustedes se preguntarán… y… luego… ¿qué pasó entonces con el sueño de volar? Ah, bueno… eso es algo que les contaré después. Este es solo el comienzo de una historia que espero sea muy larga y que no llegue a su fin en, por lo menos, los siguientes 60 años… ¡o más!

Ojalá así sea porque… ¡Volar es pasión!

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Sobre el autor: Primero Dios. Amante y apasionado de la aviación desde que tiene uso de razón, Ingeniero de Sistemas sin grado, Aviador de corazón, A320 F/O, Entrepreneur, Geek, amante del Internet, la fotografía, los viajes y el buen vivir.

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